04 octubre 2017

Sin Sorpresas


Qué más se puede decir de lo que está ocurriendo en Cataluña que no se haya dicho ya?

Hoy ya han hablado todos, hasta S.M. el Rey D. Felipe ha dicho en seis minutos y a todo el país, que esto se acaba aquí.  Que esta pantomima, este teatro de lo absurdo, esta comedia dramática que estamos viviendo estos días va a llegar a su fin, de una única manera.

Y a nadie puede sorprender lo que ocurra a partir de hoy. Porque todo el mundo sabe que es lo que va a pasar. Ya lo sabíamos todos cuando el maestro de ceremonias salió a la pista central a presentar el espectáculo. "Votarem" decía y todos le aplaudían. Y, para que votaren, se sacaren leyes de la chistera, cual ilusionista "¡chas, chas!". "Nada por aquí, una ley por allá". Y todos seguían aplaudiendo.

Mientras, el resto del país miraba perplejo como pasaban las cosas y esperaba. Como hace siempre. Esperaba una respuesta firme y contundente, del gobierno, de las instituciones y de los partidos políticos. Pero, como siempre, la espera quedaba en más espera. -"Ahora no Mariano, este es otro farol, otra votación con urnas de papel maché". -"Mira, Pedro, que esta vez tenemos que cortar". -"Que no hombre, que no. Tú y yo nos ponemos firmes y defendemos el estado de derecho, otra vez, y mañana estaremos negociando de nuevo cuanto dinero quieren". - "No se yo ¿qué dice Albert?". "A mis padres les pintan el negocio y a mi me dicen facha y me tiran piedras. En mi casa. !El 155 ya!".  -"¡Joder, Albert. No vamos a sacar los tanques a la primera de cambio ¿y los jueces, que dicen?".  -"El TC dice que ni referendum ni referendam". - "Es que me dicen que no quiero dialogar. ¿Pero cómo voy a dialogar con alguien que quiere cometer un delito? ¿Qué le digo. Vale, mátala pero poquito? Esto es peor que un chiste de Gila".

Y con el delito anunciado y la fecha señalada (con premeditación y alevosía) al gobierno sólo le queda hacer una cosa. Tratar de evitar que se cometa. Y para eso están los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado. Nuestra Policía Nacional y nuestra Guardia Civil. Nuestros, de todos. Esos agentes que juraron defender la legalidad, la que se recoge en la carta magna. La misma sobre la que juraron su cargo los que ahora la quieren romper (ayer me venía bien, hoy me incomoda y me la quito de encima). Y, después de todo este tiempo, de todos estos años de tiras y aflojas, de besitos en la oreja y puñaladas traperas, la cosa acabó como dije al principio, como todos sabíamos que iba a terminar. Todos hemos visto las imágenes. A todos nos incomoda, se nos pone la piel de gallina y un nudo en la garganta. Te indignas, te violentas, te hace sentir mal aunque aquello pase a casi mil kilómetros de aquí. Te duele. Pero, sorprender no. El que diga que no se esperaba nada de aquello, o ha estado viviendo en la selva, o es tonto.

Desproporcionada, esa es la palabra del día después. Acción desproporcionada del gobierno con una actuación policial violenta. No estoy de acuerdo. Lo siento. No digo que ayer no hubo momentos de mucha tensión y actos de violencia que a nadie gustaron, y puedo jurar, que a los que menos gustaron fueron a los agentes implicados. Pienso que no habrá nadie que se crea que a los policías les gusta hacer cosas así y, si alguien se lo cree, es un soberano imbécil. No señores, desproporcionado hubiera sido llevar al ejército a las calles y declarar la ley marcial, como mucho cantamañana ha dicho durante estos meses. Llevar a 12.000 agentes a evitar una ilegalidad, cuando te esperan dos millones de personas en contra... si, pensándolo bien, si es desproporcionado, para los policías.

Y ¿ahora qué? Ahora viene lo peor. Los pintamonas del gobierno catalán declararán la independencia de manera unilateral y, a la ilegalidad de la consulta sumarán el delito de sedición. Habrán pasado de ser desleales una noche a delincuentes la mañana siguente, alta traición. Sin pensar en las consecuencias, no para ellos, sino para la tierra que tanto dicen defender y estar liberando (¡Ja! Me río yo de esa libertad de todo a cien). Sólo buscan la foto de salir de palacio con los grilletes puestos. Mártires de una democracia ficticia, creada a su imagen y semejanza a base de mentiras. Mentiras desmontadas. Mentiras que nadie se ha creído nunca, ni aquí, ni fuera de aquí. Allí donde buscaban apoyo internacional, les fueron dando la espalda. "¡Con el cuento a otra parte monsieur! Ustedes no están oprimidos, están reprimidos, que no es lo mismo". Les dijeron en Europa. - "La teta de Europa, que nos la quitan, Artur". - "A mi no me cuentes nada Oriol, el que manda ahora es Carles" . - "Déjate de coñas Artur y dime que hacemos". - "Pues, ¿qué vais a hacer? Seguir con el órdago. No queda otra". - "Pues claro que vamos a seguir pero, ahora dejadme un momento, que se me están yendo todos los consellers a últimas de cambio". Ni Merkel, ni Macron, ni Trump... nadie les cree. Sólo sus allegados, los de la fe ciega, los que todavía se creen que no va a pasar nada.

Nadie quiere que las cosas lleguen a más. O quería, porque puede que ya hayan llegado a un punto de inflexión. Lo único que yo se es que, llegados a este punto, lo que me gustaría ver, por una vez en mi vida, es la fortaleza y la unidad de los que se dicen defensores de España. Quiero ver a los partidos políticos hablar con una sola voz. Al PP, al PSOE a Ciudadanos y a todos los que piensan que esta locura ha llegado demasiado lejos. Ir de la mano, juntos, a enfrentarse a esos, que son menos pero gritan más, para decirles que esto se acabó. Todos los españoles se lo estamos pidiendo y los catalanes más alto que el resto. Así que, por favor, sin medias tintas, sin titubeos, sin tibiezas. Salgan a la palestra juntos y demuestren a esos millones de catalanes que están en sus casas, asustados, amedrentados y aturdidos por esta explosión sin sentido de locura colectiva, que no están solos y que ustedes están allí para defenderlos, porque por eso, señores, precisamente por eso les votaron.

¡Por favor!

23 septiembre 2017

Lecciones de Realidad (III)

El mismo día en que se presentó "el camionero amnésico temporal", me ocurrió otra cosa con otro cliente. Y es que los tengo de todos los colores, gustos y sabores.

¡Riiiiing! Suena el teléfono a eso de las doce y media, descuelgo y con mi aterciopelada voz contesto: "Trasteros y Almacenes, dígame" Al otro lado de la línea se escucha una voz masculina que me dice: "Un momento". Sin por favor, sin disculpe y sin vergüenza alguna. Y lo escucho hablando con una tercera persona. Me tiene unos dos minutos esperando, mientras a mi, al mismo tiempo, me estaban esperando en la oficina a que les atendiera otras personas. Cuando el señor acaba su conversación privada y personal con el que tenía en frente, me pide información de nuestros servicios y, ahí empieza lo bueno.

"Quería preguntar por el precio de los trasteros y saber cuanto costaría una mudanza de una oficina". Entonces es cuando entra una cliente por la puerta y se la devuelvo con un oportunísimo "Un momento, que voy a comprobar si tenemos libres" y, me fui a hablar con la cliente. A los tres o cuatro minutos volví a recoger el auricular y, al no escuchar nada al otro lado, colgué. En seguida volvió a llamar y empezamos de nuevo. Le doy el precio de un par de medidas y le comento que nosotros no hacemos directamente el transporte de las cosas, que tenemos acuerdo de colaboración con un par de empresas de mudanzas, que yo le puedo dar el contacto y que es el cliente el que trata directamente con ellos, nosotros no entramos en precios ni en fechas. "¡Ah! Es que he visto una furgoneta con vuestro logotipo y ponía que lo hacíais vosotros!". Incorrecto. Le explico que en la furgoneta pone claramente "Empresa Colaboradora" y el contacto del transportista. "Bueno, eso es, según se entienda", me suelta el tipo. Y yo, que ya estaba calentito de la semanita que llevaba, entro en "modo seco reseco" y con un tono más serio que un policía nacional de guardia en nochebuena, le espeto un "No, eso es así". El tipo nota que la cosa se va a calentar y me pide que le mande la información por correo electrónico. "Sin problema" le digo. Me facilita una dirección de empresa y lo dejamos ahí.

Accedo al programa de gestión de correo y abro una nueva ventana para redactar. Tecleo la dirección que me había facilitado y, de manera instantanea, el sistema de autorrelleno me completa la misma dirección que yo estaba escribiendo (¡viva la tecnología!). Eso significaba que ya habíamos tenido contacto previo, así que me puse a investigar.

Seis meses antes, estos mismos señores (se trata de un estudio de decoración) me llamaron por el mismo motivo y, en aquel momento, incluso llegamos a formalizar un contrato de alquiler. Generamos el documento, se emitieron facturas y recibos pero, jamás llegaron a utilizar el almacén. Ni siquiera fueron capaces de llamar y solicitar la anulación, simplemente no se presentaron y nos dejaron casi tres semanas con esa unidad bloqueada, hasta que decidí cancelar y anular todo. A esa actitud yo la llamo "tener poca clase". De modo que, le escribí un bonito "imeil" explicando los motivos por los que no le íbamos a alquilar. Se lo envié y me quedé más ancho que Pancho.

A la media hora, aproximadamente, me volvió a llamar para intentar arreglarlo y conseguir el alquiler. Pero, los modos no habían mejorado. Ni un disculpa, ni un siento lo de la otra vez, ni nada parecido o aproximado a eso. De manera que, le dije, con toda la cordialidad, amabilidad y educación que uno tiene (que es mucha y no se merecía) que "naranjas de la China". Esas cosas se me hacen una vez, dos veces no, si puedo evitarlo.

Así que con esta gente terminó la semanita más graciosa que he tenido en los últimos tiempos. Se que no serán los últimos casos que me encuentre de gente que quiere dárselas de listos conmigo pero, al menos estos tres, se han llevado una pequeña lección de realidad.


22 septiembre 2017

Lecciones de Realidad (II)

A los dos días de lo que ocurrió con el transportista "testosterónico", se me presentaron en la misma mañana un par de casos muy graciosos.

Estando tranquilamente en mi oficina, rodeado de papeles pero, sin demasiado agobio, aparece por la puerta un antiguo cliente, que se marchó de aquí hará cerca de diez años. Lo reconocí nada más entrar y abrir la boca para decir: "¡Anda! ¿Todavía estás tú aquí?", con esa inconfundible voz rasgada, rota por el alcohol. "¿Te acuerdas de mi?" Me preguntó. A lo que yo, inmediatamente le contesté "Claro que me acuerdo" (¿Cómo podría olvidarme de semejante tipo?). "Necesito una navecilla, como la que tenía yo y por la misma zona", me dijo. Y en seguida se me vinieron a la mente los recuerdos de su estancia.

Durante el tiempo que estuvo aquí, los conflictos de éste con otros vecinos fueron constantes. Su zona estaba llena de basura (desde cascos de botellas rotos, hasta todo tipo de deshechos innombrables). Su personal estaba cortado a viva imagen del jefe. Descuidados, desaliñados, maleducados y desagradables a la vista, al oído y, lo peor, al olfato. La policía vino a buscarlo en no menos de diez ocasiones y, en el cincuenta por ciento de las veces que lo veías, iba colocado. Aún recuerdo una grabación de seguridad en la que, un domingo por la mañana, con toda la calle solita para él, se empotró contra el único coche que había aparcado. Y menos mal que estaba el coche, si no hubiera acabado dentro de mi despacho, con el camión puesto.

Una tarde me vino a pedir un favor sencillo, dejar un paquete en la oficina para que lo recogiera un compañero. Tras decirle que no había problema, le saqué a relucir el tema de que me tenía aparcado un camión, en medio de una de las calles, desde hacía más de dos semanas, y que tenía que quitarlo. No por gusto mío. El mamotreto en cuestión estaba estorbando el paso de otros vecinos, aparte de que lo estaban reparando y pintando en plena calle, llenando de porquería todo a su alrededor, porque no tengo que recordar que estos señores no eran precisamente pulcros cual cirujanos al realizar su trabajo. La respuesta de este elemento fue la de amenazarme con pisarme la cabeza, incluso me levantó la mano para pegarme, armando la de Dios es Cristo. Tal fue el pollo que montó, que le dije a mi auxiliar, Davinia, que llamara a la policía y, como la notarían de nerviosa, que se personaron seis efectivos, dos coches y dos motos. La cosa no llegó más lejos, no le denuncié (aunque debí hacerlo) y al poco tiempo me vino a pedir disculpas. Las acepté, pero siempre estuve con la mosca detrás de la oreja con él.

Un par de meses después me dijo que se iba a ir, pero que un amigo suyo iba a seguir con la nave. Sin problema, le dije (...puente de plata, pensé para mis adentros). Evidentemente, la cosa salió mal. El que se quedó le pagaba a él y él, a su vez, tenía que pagarme a mi. A su "amigo" le cobraría de más y a mi dejó de pagarme. El amigo se marchó, le cancelé contrato y se quedarían uno o dos meses a deber. Si, lo se, el mate de los remates.

Con semejante panorama, cuando el tipo entró en la oficina, pensando que los que estábamos aquí en su época ya no seguiríamos, porque todo esto ha cambiado mucho (los colores de las naves, el nombre de la empresa, etc...) y se encontró de cara con aquí el menda lerenda, su única defensa al exponerle los motivos por los que no le podía (ni quería) alquilar de nuevo un almacén, fue desplegar la estrategia "Infanta Cristina". "Perdóname, pero es que no me acuerdo de nada". Y el caso es que, puedo entender que no se acuerde de nada de lo que ocurrió en aquellos años. El estado natural en el que yo lo conocí era el de "colocado hasta las cejas", de modo que, es más que comprensible las posibles lagunas mentales que pueda sufrir de aquel tiempo. Comprensible si, aceptable no.

Así que, despediremos esta segunda lección de realidad con un bonito refrán: "Toma Geroma pastillas de goma, que donde las dan... las toman".

28 agosto 2017

Lecciones de Realidad (I)

La semana pasada, en el trabajo, fue una de esas que te dejan física y mentalmente agotado, por la cantidad de cosas que sucedieron y, sobre todo, por la cantidad de conflictos que ocurrieron. Pero, curiosamente, todo lo que pasó me ha permitido, por una vez, regodearme de mi situación de autoridad en mi trabajo y sentirme muy satisfecho.

El lunes, para empezar bien la semana, a eso de las doce y media se nos presentó el primer problema. Un garrulo (porque no tiene otro nombre) entró a saco con el camión de reparto por el recinto. A toda leche, sin tener cuidado de si se le cruzaba otro vehículo o de llevarse por delante a un cliente que saliera de su nave en ese momento. Entre Paco (el jefe de mantenimiento) y yo, le llamamos la atención y se nos puso en plan gallito. "¡Llama a la Guardia Civil, a mí tú no me tienes que decir como ir!" Nos dijo. Y ante semejante argumento le dije que a quien iba a llamar era a su empresa, que para eso llevaba el cartel bien grande en el lateral del camión. En ese momento, el mamotreto se baja del camión y se me viene amenazante diciendo que si voy a jugar con su puesto de trabajo. "No te preocupes, que no voy a llamar" le dije pero, tú así, no entras más.

Como uno ya está algo curtido en estas lides, sabía exactamente lo que iba a suceder. Di orden a todos los compañeros de que, si llegaba cualquier mercancía por parte de esa empresa de transporte, no se recepcionara, lo demás caería como un dominó después. 

No hizo falta esperar mucho. Justo cuando ya me iba para casa esa misma mañana, aparece el mismo garrulo, que al verme de lejos se quedó descolocado. Aparcó en la calle, se bajó del camión y me preguntó por el destinatario de un sobre que llevaba en la mano. "¿Marisa?" Me soltó, a lo que yo contesté encogiendo los hombros con un "No se quien es". Me leyó la dirección y le confirmé que era aquí pero, "A tí no te puedo recoger ningún envío", le dije. "Pues, no lo cojas" me soltó y se volvió al camión. Se puso a buscar el trastero del destinatario él solito y llamó al teléfono que aparecía en el sobre, que resulta que es el de mi oficina. Cuando ya vio que le era imposible hacer la entrega, fue él quien llamó a su empresa. 

Poco más tarde nos estaban llamando de la oficina de transportes, de la del remitente del sobre, preguntando el motivo por el que nos negábamos a recepcionarlo y, una vez bien explicado todo, nos confirmaron que ese hombre no nos iba a traer ese paquete y nos pidieron disculpas. A la mañana siguiente vino su jefe a traerlo. Él pasaría un par de horas después, más suave que un guante, a retirar un par de cajas, entró despacito, dio los buenos días, las gracias y salió igualmente de despacio. Como debía de haber hecho el primer día. Como hacen todos los empleados de todas las empresas de transporte que vienen todos los días. Como se deben hacer las cosas.

Cuando vi como se había solucionado la cosa, me quedé muy a gusto de ver como a este tipo de gente, que va avasallando, abusando e intimidando a la gente, al final se tiene que rendir a la evidencia y a la realidad. Las reglas son muy sencillas en este mundo, si haces bien tu trabajo y tratas bien a la gente, tendrás futuro, si vas por ahí como un gorila descerebrado, la llevas clara.







17 agosto 2017

Y Que Todo Vaya Mal...

Cada vez me convenzo más de que, no sólo en este país al que todavía podemos llamar nuestro, sino en el resto del "mundo civilizado", a los políticos en general y a muchas grandes empresas en particular, les interesa que "las cosas" no funcionen. 

Pensémoslo bien. Hemos construido nuestra sociedad en base a la resolución de problemas. Nuestras instituciones se han fundado con el fin de resolver los inconvenientes que plantea la vida en particular y la vida en comunidad en general. En sus inicios lo tenían fácil para mejorar las condiciones de vida, se partía de cero, y se buscaba hacer la vida más cómoda para todos. Se construían calzadas para que el transporte y los desplazamientos fueran mejores y menos peligrosos. Se fundaron sociedades médicas y farmacéuticas para combatir las plagas que azotaban a la humanidad. Se formaron los gremios porque los profesionales se dieron cuenta de que juntos podían luchar mejor contra las adversidades. Nacieron las sociedades culturales y económicas para la difusión de la cultura y la mejora del comercio. Y, en paralelo a la evolución y perfeccionamiento de la sociedad, creció el sistema político y de gobierno, que sentaba las bases de la convivencia y regulaba todas las actividades para que no se cometieran excesos ni abusos. Todo este entramado de sociedades e instituciones ha conseguido que, a día de hoy, la sociedad haya prosperado de manera impensable hace tan sólo cien años.

Los sistemas sanitarios y educativos, las comunicaciones por vía terrestre, marítima y aérea, los sistemas productivos..., todo, en general, funciona como debe de funcionar. Tras la experiencia de miles de años y con su continua evolución y adaptación a las nuevas circunstancias y nuevas tecnologías. Este factor, el de las nuevas tecnologías, ha supuesto un salto cuantitativo y cualitativo en la gestión de todo en nuestras vidas, haciendo posible resolver problemas que hace veinte años eran insalvables o requerían una eternidad para solucionarse. 

Entonces, si todo está preparado, si existe una estructura firme y sólida, si tenemos los medios ¿porqué las cosas no funcionan como deben? ¿Porqué hay problemas con la sanidad y la educación? ¿Porqué las infraestructuras no están en buen estado? Pensando mal (Piensa mal y acertarás) yo creo que a muchos sectores les interesa que el sistema no funcione de manera adecuada. Principalmente al político, que basa su esquema de trabajo en resolver problemas, de manera que, si no hubiera problemas que resolver, o bien las cosas funcionaran de manera más o menos adecuada, una gran parte del entramado institucional que se ha generado a lo largo de los años no tendría sentido de seguir existiendo. Y esto es un sinsentido porque, si lo pensamos bien, se han creado organismos e instituciones para administrar, gestionar y controlar entes públicos y, no sólo no han conseguido que estos funcionen mejor sino que han empeorado. Y ¿qué se hace cuando esto ocurre? Bueno, la solución que hasta ahora nos han dado es crear más instituciones de control del tipo "Comisión Permanente" u "Observatorio de Tal", que no resuelven el problema y que al final lo que hacen es engrosar la cantidad de gente que vive del erario público.

Por lo tanto, cada vez veo más claro que a los que "manejan el cotarro" no les interesa que las cosas vayan demasiado bien. Porque se quedarían sin trabajo. El problema es que esto no se puede sostener durante un periodo demasiado prolongado en el tiempo, ya que las consecuencias van pesando cada vez más, sobre todo en el ámbito social. Si cada vez hay más gasto público, sin sentido, si en lugar de destinar el dinero en mejorar los servicios, se pierde en crear nuevos estamentos de control que al final no controlan nada. La gente acaba por cansarse de no recibir los servicios que demandan y que les corresponden por ley y, el cansancio en la sociedad es muy malo. Provoca sentimientos de descontento, indignación y acaba por derivar en actitudes tanto revolucionarias ("esto no va bien, acabemos con todo") como reaccionarias ("esto iba mejor antes, que vuelva lo que teníamos"). Y ya todo es blanco o negro. 

Lo estamos viendo hoy día con estupideces impensables del estilo de "turismofobia" en zonas que viven del turismo (Barcelona, Venecia...) o con los conflictos con los "supremacistas blancos" en el sur de Estados Unidos. El mundo está llegando a un nivel de ridículo tan extremo que novelas como "El Hombre en el Castillo" de un genio de la ciencia ficción como es Phillip K. Dick, se han hecho realidad al ver a Nazis caminando con esvásticas en el corazón de América.

01 julio 2017

Borregos en Columpios

H
oy, de repente, me he vuelto mayor. Pero mayor, mayor, mayor. Me he visto en el parque infantil al que vamos siempre con Lucas, regañando a unos quinceañeros que estaban haciendo el salvaje con los columpios.


Situémonos. Viernes, veintiuna treinta horas. Hace una tarde-noche estupenda para ser verano. Después de un par de días de terral, dos o tres padres y abuelos, sacamos a los niños a jugar al parque, al aire libre. Llevamos un rato disfrutando tranquilamente de las instalaciones, como de costumbre, cuando se presentan de repente un grupo de chavalines. Cuatro chicos y otras tantas chicas, quienes, nada más quedarse libre el mega-columpio que el Excelentísimo Ayuntamiento instaló a finales del año pasado, se lanzan en tropel hacia él. Los pequeños de entre tres y nueve años, se entretienen con el tobogán, con lo que, en principio, que estos jovenzuelos pululen por allí, no nos afecta.

Aparece por la carretera un amigote de este grupito, en moto, y se mete con la moto hasta el columpio, atravesando todo el parque. Uno de los padres le da un toque. Parece que no le hace caso, pero da media vuelta y se va por donde ha venido.

De repente, a una de las chicas, se le ocurre la genial idea de subirse al columpio de los bebés y empieza a balancearse, mientras que dos de sus amigos, la acompañan empujándola para que coja altura. Ahí es cuando me levanto por primera vez a llamarles la atención.

- "Mirad, este es el columpio para bebés. Váis a romperlo, así que dejadlo ya."

Les digo y, sorprendentemente, me hacen caso.

Mientras me vuelvo para volver a sentarme en el banco, una señora que estaba también con su nieta de poco más de dos años, me comenta indignada que "¡Vaya poca vergüenza que tienen estos niños!". Y entonces fue cuando se lió la cosa. Al ver que, en un momento, los ocho chavales, se habían amontonado encima del columpio de rosca y estaban a punto de reventarlo, la señora, salió disparada hacia ellos mientras decía "¡A mi esto es que me hierve la sangre!". Y allá que se lanzó a recriminarles lo mal que estaban portándose.

- "Hasta que no rompáis el columpio no vais a parar ¿verdad? ¿Queréis bajaros de ahí de una vez?".

Evidentemente, no le hicieron caso. Y la pobre mujer se volvió aún más enfadada para seguir jugando con su nieta, aunque pocas ganas le quedarían de estar allí. Entonces fue cuando volví a levantarme. No iba a dejar que encima de hacer el gamberro se rieran de una señora.

- "Bajaos de ahí ahora mismo, vais a romper el columpio. Además, ya sois muy mayores para jugar aquí".

Y, llegado este punto me di cuenta de que estaba intentando hablar con los cenutrios de la ESO de los que tanto me cuentan mis amigos Pedro y Juanma. Me empezaron a replicar, esa panda de imberbes y pre-pubescentes niñatos empezaron a decirme que allí no decía nada de la edad. Y cuando les hice leer las normas del parque en las que, claramente, dice de 3 a 12 años, seguían diciendo que ponía "de tres a doce años, acompañados de sus padres" y que ellos podían estar allí. Si, podéis estar, pero no todos subidos al mismo tiempo, panda de borregos. Incluso cuando les amenacé con llamar a la policía, una se me puso gallito, "¿Me van a detener?". A lo que le respondí "No, le pondrán una multa a tus padres. ¿Te gusta más así?". Cuando les pregunté, tres veces seguidas si es que no veían que lo estaban haciendo mal y uno de los chicos, se envalentonó y me dijo que no, ya se me cambió la cara, y el chaval me lo debió de notar, porque a él se le puso el semblante de acojonadillo. "Se acabó, no volváis a hacerlo. Y como lo hagáis, entonces os sacaré yo mismo. ¿Está claro?".

Otros dos padres ya se habían acercado para apoyarme mientras todo esto ocurría. La presencia de más adultos hizo que el grupito empezara a disolverse. Ya no tenían tanto fuelle como cuando la abuela les regañó. Pero, a esas horas, ya nos tocaba volver a casa, así que, lo más seguro que que después volvieran a hacer el cafre. Una pena pero, no íbamos a poder hacer nada para evitarlo.

Si, hoy me he vuelto mayor. De repente he visto como los jóvenes de hoy no respetan a los mayores. Los padres de esos niñatos, y de otros miles como ellos, no han sabido educarlos en el respeto y la tolerancia. Son los hijos del "te lo mereces todo" y del "que nadie te diga que no". Una actitud que está convirtiendo a sus niños en unos egoistas hijos de puta, en unos ignorantes del civismo y en carne de cañón para el mañana. Y el mañana viene duro. Aún más duro que el que me decía mi padre que vendría y que, mira tú que cosas, ese mañana, es hoy.


30 junio 2017

Con La Música A Otra Parte

Músicos ¿Quién no adora a los músicos? Esas almas libres, tocadas por la gracia de Euterpe, protegidos bajo el manto de Santa Cecilia. Rebeldes sin causa, amantes de los placeres mundanos. Vividores y disfrutones, adoradores de Baco.

¿Quién no adora a los músicos?... Pues miren, yo mismo. Si, yo. Porque los músicos son seres idolatrados, genios endiosados y divos ensalzados hasta que los tratas de tú a tú. Y, en las distancias cortas, salvo contadas excepciones en las que se juntan buenas maneras con el don de saber estar, el resto son una panda de crápulas, trasnochados, engreídos y egoístas.

Tras más de quince años trabajando muy cerca de ellos, me he dado cuenta de que si, en la viña del rock de todo hay, pero sobre todo hay mucho pasota y caradura. Gente que, no quiere problemas, pero que no les importa si el problema lo crean ellos. Gente que sabe mucho de derechos e injusticias, pero  que cuando son ellos los que incumplen, aquí no ha pasado nada. Y, sobre todo, gente a la que no se le puede afear la conducta, aunque ya se la hayas afeado antes por el mismo motivo porque, ¡por Dios!, que injusta es la vida con los músicos, que no les dejamos hacer nada.

Todo esto viene a colación de algo que me ha ocurrido hoy en el trabajo. Justo una semana después de apercibir a un cliente por dejar tres coches mal aparcados en una de las calles del recinto, bloqueando el paso de los camiones de reparto que pasan por allí a diario, durante dos días y dos noches, sin avisar ni, por supuesto, pedir permiso. Justito una semana después, me encuentro con los mismos coches en el mismo sitio, generando el mismo problema. Pero, esta vez me ha tocado en mi turno y, como responsable que soy del tinglado, he ido a hablar con los culpables para que quitaran de inmediato los vehículos de allí. Cuatro rockeros tolluditos, superando todos los cuarenta, que resulta que, no solo no han pedido disculpas sino que encima han empezado a protestar. Sacando leyes de donde no las hay y poniendo excusas sin sentido y, sobre todo, sin razón (que si aquí no pone que no se debe aparcar, que si ahí enfrente hay otros dos coches, que porqué molesta el mío, que donde lo pongo entonces). A ver, listos, que sois unos listos. Veintiocho años lleva la empresa abierta y en el mismo sitio, ni las calles se han cambiado ni las naves han crecido, si en estos casi treinta años, nadie, absolutamente nadie ha aparcado donde vosotros dejáis los coches ¿porqué creéis que es? ¿porque vosotros sois más listos que los más de quince mil clientes que han pasado por allí antes que vosotros? Pues me parece a mi que no, que los listos no sois vosotros o, tal vez si que lo sois, demasiado listos.

Y es que esto es así. En el país del "culo veo, culo quiero", no se debe dejar un resquicio a los oportunistas porque, en menos que canta un gallo, ya tienes el problema creado. Han bastado dos días  de malos usos de estos perlas para que, siguiendo su genial idea, otros dos clientes aparquen en la misma linea. Corriendo he ido a cortar el asunto de raíz porque, conociendo el percal, me estaba oliendo que más gente iba a seguir la estela de los tontos. Porque tontos son, como una catedral de grande ya que, en el recinto disponemos de una zona de aparcamiento bien hermosa, con sitios libres a todas las horas y que, para más INRI, le cuesta a la empresa una pasta todos los años en impuestos municipales.

Hoy, por desgracia para el gremio musical, me ha tocado tener gresca con cuatro "aporreaguitarras", pero bien podrían haber sido electricistas, ascensoristas o bibliotecarios. En este país, cuatro tontos que se juntan pueden tener las ideas "más geniales" de la historia en cuestión de segundos. Y defenderlas a capa y espada, reclamando derechos y justicia para todos (sobre todo para ellos). Aunque semejantes ideas sean tan torpes y estúpidas como sus creadores.

02 junio 2017

El Ciclista Ocasional

Hacía ya tiempo que quería tener una bicicleta y lo conseguí hace unos años, cuando restauré la vieja Orbea Bakio que me regalaron en el trabajo pero, esa bici es tan grande que en casa estorba bastante, con lo que tan solo la traigo de vez en cuando para cogerla algún fin de semana, muy esporádicamente. Este es un proceso algo incómodo, que acaba quitándome las ganas y, al final, acabo por no montar, solo por evitar trasladar las bicis en el coche y subirlas hasta casa (dos pisos de escaleras, pasillos estrechos...) un incordio.

La solución la encontré hará un mes y pico. Me compré una Brompton. Para los que no estén muy familiarizados con el mundo de la bicicleta, les diré que esta es la marca de bicicletas plegables más prestigiosa que existe. Hechas a mano en una factoría de Londres. Desde su fundación en 1975, no ha parado de crecer, convirtiéndose en el modelo a seguir por todos los fabricantes de bicicletas plegables, un referente. Ocupa poco espacio, es relativamente ligera, muy cómoda y extraordinariamente versátil y maniobrable para circular por ciudad. Algo cara, si, pero merece la pena.

Normalmente salgo a montar un par de veces por semana, cuando mis obligaciones me lo permiten. Circulo principalmente por carriles bici y por aceras amplias y poco transitadas. A veces me sale el espíritu aventurero y tomo alguna calle por la que no he pasado nunca pero, rara vez me salgo de la misma ruta. El poco tiempo que llevo utilizando la bici, me ha hecho darme cuenta de un par de cosas sobre los ciclistas, los conductores, los peatones y las infraestructuras.

Los peatones son, por norma general, cuidadosos y respetuosos. Hay de todo, como es normal, y te puedes encontrar a gente caminando por el carril bici como si aquello fuera la acera pero, al menos por la zona que suelo frecuentar, son muy pocos. Incluso, cuando tomo algún camino alternativo y tengo que circular por aceras, éstos, suelen dejarte paso, gesto al que respondo con un "gracias" ya que no tienen porqué hacerlo. Yo, en estos casos, voy muy despacio, manteniendo la distancia con ellos, sin agobiar y sin presionar (porque no tengo derecho a ello) incluso llegando a parar cuando la ocasión lo requiere. En esta zona, al menos, la relación es cordial. En el caso de los ciclistas, también hay de todo. Son pocos los que circulan al igual que yo por los carriles bici. La mayoría de los que me cruzo, van por la calzada y suelen ser deportistas que salen a entrenar. Los hay que respetan los semáforos de los carriles (aquí un servidor) y los que prefieren saltárselos, pero eso también ocurre con los peatones y con los conductores (allá cada cual con su vida). Los conductores, en el poco tiempo que llevo haciendo esto, son también respetuosos por norma general. Te ven de lejos y se detienen para que pases (el 99% hasta ahora). Incluso cuando voy a cruzar un paso de peatones, se detienen y te dejan pasar, teniendo ellos la prioridad, de modo que, a esos conductores amables y pacíficos, les doy un diez.

Hace un par de días, en cambio, en uno de esos pasos de peatones, un conductor con mucha prisa y poco respeto, se vio obligado a frenar (con espacio de sobra) para no llevarse por delante a un servidor. Una vez que yo ya había cruzado, me recordó que yo no debía de pasar por allí. Y tenía razón. De hecho ya no lo he vuelto a hacer. Ese 1% de conductores poco amables, me ha hecho darme cuenta de que mi lugar está en el carril bici y, de ahí, no me saldré a partir de ahora. Yo he aprendido mi lección y la aplicaré. No se si podré decir lo mismo del tipo del Ibiza negro, ya que, antes de pitarme y afearme la conducta, se había cambiado de carril, sin indicarlo con el intermitente, sobre una línea continua, delante de un paso de peatones (tres puntos, colega).

Por lo que respecta a las infraestructuras, tengo que decir que los carriles bici están un poco abandonados. Faltos de limpieza y de mantenimiento. Los hay más nuevos y mejores y luego está el de Avenida Carlos de Haya, carril bici pionero en Málaga, que no ha sido revisado ni mejorado desde su creación, y le haría falta un par de remates, sobre todo en los rebajes de las aceras, algunos son auténticos bordillos venidos a menos. Por ahora, tan sólo he recorrido una pequeña parte de los existentes, mi idea es conocerlos todos y ver hasta donde puedo llegar por ellos. No cubren toda la ciudad y la red es algo limitada, sobre todo porque muchos están inconexos y existen tramos aislados que no tienen ningún sentido. Se supone que están en expansión o, al menos, eso espero. Al hilo de este mismo punto y volviendo a los conductores, está la actitud de algunos, que aprovechan el carril bici para aparcar sobre ellos cuando tienen que ir a comprar el pan, tabaco, sacar dinero de un cajero o hacer un reparto. La falta de sensibilidad es algo muy común en muchos conductores, pero no achaco a que vayan contra el carril bici o los ciclistas en concreto con esa actitud, en realidad les he visto hacer lo mismo sobre pasos de peatones, plazas de discapacitados, rotondas, jardines o aceras. Es más una combinación de pereza, comodidad, mala educación y (aquí voy a meter a las autoridades) falta de disciplina. Porque, otro gallo cantaría, si no se hiciera la vista gorda cuando se ven cosas así.

Sin ir más lejos. La semana pasada, mientras íbamos de paseo por la zona de mis padres, fuimos testigos de uno de esos casos. Frente a la farmacia "María Castro Castillo", en calle Martínez Maldonado, siempre hay un pequeño jaleo de vehículos de usuarios que han parado a comprar medicinas, vehículos mal aparcados y ocupando un carril a todas horas. Cuando pasamos por aquel lugar, nos llamó la atención ver a una patrulla de la policía local, parada junto a un BMW y a uno de los agentes hablando con un muchacho de unos quince o dieciséis años. El vehículo en cuestión estaba enbocado en la esquina de una calle de un único sentido, bloqueando el carril bici y parte del paso de peatones. El agente estaba considerablemente indignado y, una vez localizado al conductor, que se estaba dando cuenta de todo y desde dentro de la farmacia pedía perdón, pero allí seguía haciendo su compra, le conminó a que regresara rápido y quitara el coche de allí. Y eso fue lo que sucedió. Nada más. Una reprimenda y aquí no ha pasado nada. No hubo denuncia, no hubo sanción y la próxima vez este "señor" volverá a dejar su mamotrético carro donde le salga de sus santos cataplines porque, si no hay escarmiento ¿cómo esperamos que la conducta cambie en estos casos?

18 mayo 2017

Decir Basta

Hemos llegado a un punto en esta sociedad nuestra en el que, o te subes al carro, como otro borrego más, o eres el raro del grupo.

Nosotros somos los raros del colegio de Lucas. Si, ya me di cuenta hace un tiempo. Porque no vamos a corriente del resto de padres. No celebramos los cumpleaños como si fueran comuniones, en parques de bolas, con montones de invitados, sino que lo hacemos en casa, con la familia, como hacían nuestros padres con nosotros. No disfrazamos a nuestro hijo con el típico traje comprado en "el chino" a última hora, sino que nos curramos todo lo que lleva puesto, intentando comprar lo mínimo y tirando siempre de lo que tenemos en casa. Y no nos hemos arrimado a otros padres en plan pandilla.

Eso último es algo que ya he comentado con otros amigos y, al igual que yo, no entienden qué les pasa a estos padres que buscan formar grupo con otros de la clase de sus hijos. Y no paran de hacer planes y de quedar para hacer cosas juntos, "por los niños". A ver ¿es que no tienen otra vida social que no sean sus hijos? No se dan cuenta de que en tres o cuatro años, estos niños no van a querer quedar con esos a los que les ven las caras todos los días durante cinco horas al día, también los fines de semana. Algunos ni siquiera se llevarán bien de mayores ¿a qué viene esa manía de juntarlos a la fuerza? No lo comprendo.

Durante tres años, hemos tratado de mantenernos al margen, más por prudencia que por otra cosa, de las decisiones que la mayoría de padres (el grupito) tomaba respecto a ciertas ocasiones especiales que se organizaban a lo largo del curso. No las considerábamos suficientemente importantes como para opinar sobre ellas. Pero, cuando algo no lo veíamos coherente, nos manifestábamos y, entonces, siempre había una pequeña polémica, de andar por casa, pero polémica. Un ejemplo es, la costumbre que se tomó desde el primer año de hacer regalos a la profesora por valor de casi trescientos euros y, no contentos con ello, cuando los niños empezaron a dar Inglés, a esos trescientos, había que sumar otros cien, para la "teacher". No se podía ajustar todo al presupuesto inicial, había que aumentarlo. No nos parecía normal, sobre todo por algunos padres que no están en una situación precisamente boyante, y lo comentamos. ¿Para qué dijimos nada? Se lió. Y eso es sólo un ejemplo.

Lo último de lo último ha sido la celebración de la "Ceremonia de Graduacíon". Una moda ridícula que se ha instalado en los últimos años en guarderías, y colegios y que hay que celebrar "por los niños". No he dicho que Lucas tiene seis años, y que lo que va a terminar este año es tercero de educación infantil. Que no va a cambiar de colegio, si Dios quiere, y que la única diferencia entre este año y el que viene, es que tendrá otra profesora. Por lo demás será todo igual. Mismos compañeros, mismo edificio del centro educativo y nada más. Pero, como cierra un ciclo, hay que celebrarlo, disfrazarlos de graduaditos americamos, con un traje "del chino" (por supuesto) y haciendo un numerito de baile, eso, que no falte.

A nosotros, todo eso nos parece una tremenda tontería, lo digo por si no se ha notado todavía. No le encontramos sentido y, después de tratar, sin éxito, que todo se llevara con cierta cordura, intentando que los niños no se disfrazaran como si fuera carnaval (ya que hacerse, se va a hacer, si o si) decidimos descolgarnos del asunto y ni participar, ni acudir, ni opinar más de esto.

Ahora vendrán las críticas y los comentarios sobre lo raros y anti-sociales que somos pero, a estas alturas, con los años y los tiros que ya llevamos pegados, como que nos da un poco igual. Lo principal es enseñar a tu hijo que es lo que tiene importancia en esta vida y que no lo tiene. Que cada cosa tiene su sentido y que hay otras muchas a las que les damos demasiado bombo, sin ser necesario.


12 marzo 2017

Pecar De Buenos

A
sumir la responsabilidad es una de esas asignaturas pendientes que tendremos en España por los siglos de los siglos y que, para desgracia nuestra, lastrará nuestro destino y no nos permitirá avanzar. Esto es algo que se ve en todos los estratos sociales, desde los más altos (banqueros, políticos y nobles que se desmarcan de sus malas acciones) hasta los más bajos (el pescadero que te intoxicó con un filete de atún en mal estado o el frutero que te vende como género fresco el que más días lleva en la tienda).


Pero, todos tenemos que implicarnos en que esto no ocurra. Porque sólo si todos ponemos de nuestra parte y exigimos que se cumpla con lo que es justo, podremos hacer que las cosas funcionen como es debido. Ya que tan culpable es aquel que incumple como el que mira para otro lado o permite que estas cosas ocurran.

Todo esto viene a colación de un problema que nos surgió en casa hará un mes. A raíz de una pequeña humedad en una pared de uno de los dormitorios, la compañía de seguros de nuestro vecino, nos mandó un carpintero para realizar una reparación de una puerta que se vio afectada. Vinieron a medir a los dos días y hasta dos semanas después no se pasaron a arreglar el asunto. El señor que enviaron, que no era el mismo que vino a medir, parecía un buen profesional. De mediana edad, curtido por el trabajo, entendido (nos dio explicaciones de todo lo que había hecho, o de casi todo). Educado y cortés. Hizo su trabajo, se despidió, nos dejó una tarjeta por si había algún problema y se marchó.

Hasta ahí todo bien. A los pocos días, nos dimos cuenta de que el "señor" no era tan buen profesional como parecía, dado que, al parecer se habría equivocado al medir uno de los marcos y, de las tres bisagras que tiene la puerta, la central la había aserrado por la mitad colocando media pieza en el marco y la otra media en la puerta. Y de esto no dijo ni "mu", confiando en que no nos diéramos cuenta y que la cosa pasara tal cual, yéndose él de rositas. Pero, nos dimos cuenta, evidentemente. Y, de inmediato, nos pusimos en contacto con el responsable, explicándole lo contentos que estábamos con la reparación y exigiéndole una solución al problema.

Un mes y pico después la puerta sigue igual. De nada importó que le reclamáramos directamente al responsable, en lugar de hacerlo a la compañía de seguros, para evitarle una sanción. Tampoco sirvió de nada nuestra infinita paciencia al aguantar que hasta en dos ocasiones nos dejara colgado cuando nos aseguraron que iban a venir a arreglarlo todo, no. Llegado el tercer aviso y sin haber recibido noticias del carpintero jefe, le comuniqué que íbamos a poner la reclamación a través de la compañía de seguros y que, por favor, no volviera a comunicarse conmigo. Evidentemente esto último también lo incumplió como todo lo anterior y trató de llamarme dos veces y me envió un par de "whatsapp" pidiendo disculpas y una oportunidad más para repararlo pero, nosotros ya nos habíamos plantado. No era para menos.

Creo que, en este caso, está más que justificado nuestro modo de actuar. Aún así, pienso que pequé de bueno al darle la oportunidad de venir a repararlo sin dar parte a la compañía. Pero, una cosa es pecar de bueno y otra pecar de tonto.

01 marzo 2017

Hazlo Tú Mismo

Hará cosa de unos seis meses tuvimos una mala experiencia con un conocido servicio de reparación de móviles en Málaga. El iPhone 4 de Ana, que yo había conseguido de ocasión y a buen precio a través de eBay, tenía pendiente un par de reparaciones. El botón "home" fallaba y la cámara frontal se quedaba bloqueada, con lo que decidimos acudir al servicio que esta empresa tiene ubicado en el centro comercial Plaza Mayor, previa llamada para asegurarnos de que disponían de las piezas que necesitábamos para la reparación. Nos dijeron que si, que nos pasáramos pero, al llegar al lugar, ni había piezas, ni nadie sabía nada de mi llamada. En aquel momento debí de haberlos puesto en la lista negra de negocios a los que no acudir ni recomendar.

Pero, a falta de pan, lo intentamos una segunda vez y, entonces sí que pudieron hacer algo en el momento.  Por desgracia. Al salir de la tienda, tras haber abonado los casi setenta euros que costó la reparación, todo parecía estar en orden pero, evidentemente no era así. Al intentar grabar un vídeo, nos dimos cuenta de que el sonido no quedaba registrado, cosa que no sucedía antes. Por supuesto, achacamos dicho fallo a una mala manipulación al sustituir las dos piezas en el servicio técnico y allí regresamos para hacer una reclamación. No hay ni que decir que los "señores" de la tienda no se hicieron responsables del asunto, aduciendo que ellos no habían tocado esa pieza y que había pasado mucho tiempo desde nuestra primera visita. Efectivamente, pasaron dos semanas hasta que nos dimos cuenta. Da la casualidad de que no somos jovencitos que se pasan el día grabándose "selfies" y, al parecer, eso es intolerable a la hora de presentar una reclamación de este tipo. Consumo nos la rechazó y lo único que nos ofrecía esta gente era reparar el problema, mediante el pago de cincuenta euros. Menudos caraduras.

Al poco tiempo, coincidiendo con el cumpleaños de Ana, decidí solucionar este problema regalándole un nuevo iPhone SE, y vender el viejo, dejando claro a los posibles compradores de los fallos que tenía. Pero no llegue a venderlo, no me parecía bien deshacerme de él en ese estado y pasar la patata caliente a otro. De modo que me planteé la posibilidad de repararlo yo mismo y, eso es exactamente lo que hice hará unos días. Preparé un listado de piezas a sustituir y las busqué por internet. No tuve ningún problema para encontrar proveedores para este modelo de móvil. En total fueron cuatro piezas, el cable "flex" (que controla el botón de encendido, el micrófono de ambiente y el sensor de proximidad) la cámara trasera, la antena "Wi-Fi" y la pantalla completa. En tres días ya disponía de todas, ahora sólo faltaba el momento de ponerme manos a la obra.

Unas dos horas me llevó el hacer la reparación completa. Siguiendo un detalladísimo tutorial de "www.ifixit.com" no había posibilidad de equivocarse. Solventadas un par de dificultades previas que incluían una pieza suelta por una mala manipulación previa, debido a las reparaciones anteriores. Y superadas la problemática del minúsculo tamaño de los componentes, de ser la primera vez que realizaba una reparación de este nivel y de tratarse de una operación múltiple, cuando reinicié el aparato y este funcionó a la primera y a la perfección, pude respirar con más tranquilidad.

Después me sobrevinieron un par de emociones contrapuestas, por un lado el orgullo del trabajo realizado y bien acabado. Tengo que reconocer que, al principio, no apostaba mucho por que esta película terminara bien, con lo que, al final la alegría fue mayor. Por otro lado, la rabia de que estos "servicios técnicos" de pacotilla que están proliferando estos días, se aprovechen de mala manera del consumidor. Porque, una vez hechas las cuentas, la reparación final, me salió por poco más de veintinueve euros (29,00 €) mientras que, si lo hubiera llevado a estos tipos, el facturón hubiera sido de más de ciento sesenta euros (160,00 €). Y eso utilizando los mismos componentes que ellos. Un timo total, mal realizado y sin garantías, a eso, en mi tierra se le llama fraude.

Desde aquí quiero animar a todos los que se encuentren con un problema como el mío, a que le pierdan el miedo a reparar por si mismos. Piénsenlo, si unos tipejos sin estudios previos, sin preparación técnica y sin autorización oficial, son capaces de cambiarles las piezas a tu móvil siguiendo un tutorial de Internet ¿porqué no vas a poder hacer tú lo mismo? ¿O es que te vas a dejar timar?

Es más,  a la semana de reparar el iPhone 4, le metí mano a mi viejo iPhone 5 y ahí lo tengo, como nuevo. Desde hoy nadie más que yo tocará los móviles de casa.



Los nuevos nostálgicos

a entrada de hoy no va sobre mi, ni sobre mi generación, aunque pueda parecer extraño, dado que a mi edad lo de la nostalgia es algo inheren...